lunes, 14 de noviembre de 2016

Relato: Dignidad en entredicho

–¡Tiempo! –gritó el que hacía de árbitro–. Me piro a merendar.

Como por tácito acuerdo, todos mis amigos y yo mismo salimos disparados hacia nuestras casas a por el bocata. Sabíamos que teníamos veinte minutos de descanso antes de reanudar el partido amistoso que disputábamos en la calle, entre coches, vecinos y niñas que saltaban a la comba. Llegué de un salto al portal y llamé al timbre. Nadie contestó. Volví a llamar, viendo cómo mis amigos desaparecían en el interior de sus propios portales, subiendo raudos las escaleras. Los doce años están hechos para correr, no para los ascensores, y esa era la edad que rondábamos todos.

Llamé de nuevo. Resoplé. La ira se convirtió en una bola de fuego que subió desde mi estómago hasta mi dedo y lo dejó pegado al botón de llamada. Las niñas de la comba me miraban con interés y me hice el indiferente mientras mi dedo se empecinaba en quemar el timbre, como si de ese modo alguien fuese a aparecer en mi casa por generación espontánea a abrirme la puerta. Yo no solía llevar llaves. Me molestaban para jugar, y en el bolsillo abultaban demasiado como para tolerar las burlas que suscitaban. Los doce años son delicados.

Vencido, airado e intimidado por las niñas que seguían observando sin disimulo, me senté en el portal a esperar a que alguien llegase. Uno de mis amigos se asomó a su ventana bocata en mano para vigilar si los demás ya habíamos regresado. Miré para otro lado fingiendo que no lo había visto, hinchando el pecho para ocultar mi vergüenza. Allí estaba yo, tirado en la calle cual pordiosero. Abandonado como un juguete viejo. Mis amigos se reirían de mí hasta el hartazgo. Jamás recuperaría mi dignidad.

Mi madre apareció caminando por la acera. Me levanté como un resorte, íntimamente satisfecho de tener sobre quién arrojar mi frustración. Ella me sonrió desde lejos y rebuscó en su bolso.

–¡¿Dónde estabas?! –grité con malhumor y la autoridad pretendida de un hombre adulto, esperando que todo el vecindario fuese testigo de mi hombría, especialmente aquellas odiosas niñas–. ¡Llevo media hora llamando!

–Vaya, pues lo siento, he olvidado las llaves.

Me quedé pasmado. Ella se encogió de hombros.

–Habrá que esperar a tu hermano. No creo que tarde mucho.

Y se sentó en el portal a leer un libro que sacó del bolso.



Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas en su convocatoria #relatosEspera de noviembre de 2016.